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Que no le digan… | La obsesión narcisista del Presidente | Por Mario A. Medina

Opinión Por Mario A. Medina

¿El presidente Enrique Peña Nieto se tira al piso o verdaderamente está pasando por una muy grave depresión?

Sería importante que un sicólogo atendiera al Ejecutivo federal. Al parecer tiene un problema serio. Simplemente aquella población que en campaña, hace seis años, lo apapachaba y le echaba porras, hoy, simplemente, por decir lo menos, no lo pela.

¿Qué pasará por su cabeza cuando, en la soledad de su oficina en la Residencia Oficial de Los Pinos, sin la compañía de sus asesores, abre las redes sociales en su celular y observa el montón de cosas que la población le dice, de cómo es troleado; los memes que se reproducen por millones: “Estamos a nada de aterrizar en Oaxaca, estamos a 1 minuto, menos, como a 5”. Su pifia causó la risa, la burla de millones de mexicanos, de sketchses en la televisión donde tampoco respetan su investidura.

Probablemente ya no se enoja tanto cuando se mofan de él, por su falta de preparación, porque no lee libros; por inculto; tal vez porque sabe que era malo en la escuela en la clase de historia o en la de geografía y en otras.

El problema por el que pareciera atraviesa Peña Nieto, tiene que ver con un “inconveniente narcisista de personalidad”. Me explica una amiga sicóloga que  “la obsesión del narcisista reside en el miedo a que la idealización que tienen de sí mismos, y las ideas de perfección, se pongan en entredicho”.

Por ello Peña Nieto reclama ser reconocido. Seguramente se ha de ver en el futuro, en los libros de historia, como el peor Presidente de México. Seguramente alguien le platicó lo que hizo Antonio López de Santana y sabe que le puede ir peor.

El Presidente quiere salvarse, y por ello afirma que sufren de amnesia quienes no quieren reconocer los logros de su gobierno: “Tengamos memoria de dónde veníamos y cuánto hemos avanzado”, reclama.

Hace unos días en Nogales, Sonora, pidió a los mexicanos, como hace once meses en el Estado de México, reconocer los avances y logros que se ha tenido el país en estos cinco años; asimilar tales mejoras y desterrar el “irracional enojo social”.

Fue más allá cuando reclamó que en redes sociales no se reconoce los esfuerzos, que afirma, ha realizado su administración por el desarrollo del país y que, en cambio, son los analistas del exterior quienes destacan sus acciones de gobierno.

“Se olvidan de lo que se dice o de los señalamientos o de lo que se dice a veces en las redes sociales, que a veces son muy irritantes y a veces les gusta hacer señalamientos muy duros y muy lapidarios y que poco recogen de los logros y de los avances que hemos tenido como nación”, ha puntualizado.

Hace dos o tres años hubo, seguramente con mala leche, quien aseguraba que el Presidente Peña tenía un problema de salud muy grave; que se le veía demacrado. Sin embargo, lo que parece claro, me explica mi amiga sicóloga, es que en la soledad del quinto año de su gobierno, en pleno declive, cuando lo saludan y le dicen: “buenos días señor Presidente”, él escucha: “menos días señor Presidente” y enfrenta serias preocupaciones por sus fantasías de éxito, de poder, de belleza o amor ideal ilimitados y, por supuesto, necesidad de admiración

Lo que no entiende Peña, es que su gobierno está marcado por el descrédito de la corrupción, por la falta de confianza y aceptación, amén de la violencia e inseguridad, y aunque insista que “las cosas buenas a veces no se cuentan, pero cuentan mucho”, nadie le cree y eso lo tiene frustrado, se sabe fracasado, acabado.

Que no le cuenten…

Encontré en internet literatura que señala que las nuevas tecnologías han supuesto un cambio a la hora de relacionarnos con otros individuos y que “el uso de redes sociales para los narcisistas, es una gran oportunidad para alimentar su ego”, y por ello, Facebook o Instagram, son plataformas malas, frente a fracasos y pésimos resultados para la autoestima de un personaje, de un mal político.

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