domingo , septiembre 22 2019
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Pasando lista de presente: La independencia e la voz de Juárez

Opinión por Raúl Maldonado Zurita

(I DE II)

  • “Todo poder es débil cuando se gobierna contra la voluntad de un pueblo”

PASANDO LISTA DE PRESENTE en el aula de la vida para decirte estimado lector, que despierta interés escuchar las voces de los grandes patriotas mexicanos como don Benito Juárez García. Saber del temperamento de sus discursos, del fuego que corría por cada uno de sus pronunciamientos, conocer de la calidad de su oratoria. Nada más que eso no puede ser, lo que sí podemos hacer es releer sus discursos.

He aquí un fragmento del que pronunció un 16 de septiembre de 1840 en la ciudad de Oaxaca.

Conciudadanos:
El día 16 de septiembre de 1810 es para nosotros del más feliz y grato recuerdo.
En él rayó la aurora de nuestra preciosa libertad.
En él recibió el león castellano una herida mortal, que más adelante lo obligó a saltar la presa.


En él la Providencia divina fijó al monarca español el hasta aquí de su poder, dando al pueblo azteca un nuevo Moisés que lo había de salvar del cautiverio.
En él los mexicanos volvieron del letargo profundo en que yacían y se resolvieron a vengar el honor ultrajado de su patria.

Justo es, pues, que celebremos este día de tanta ventura; pero es también justo que tributemos homenajes de gratitud al hombre ilustre que lo marcó con una empresa tan difícil como atrevida.
Él no es ciertamente un soberano que preside una reunión de potentados y con cuyos auxilios cuente para la campaña.

No es un capitán educado en la escuela de la guerra.
Él es un sacerdote humilde del clero mexicano.
Es un virtuoso párroco del pueblo de Dolores; lo diré de una vez: es el ciudadano Miguel Hidalgo y Costilla.

Sí, éste es el dichoso mortal que el cielo destinó para humillar en México la tiranía española.
Éste es el que osó ensayar entre nosotros aquella máxima respetable, de que el pueblo que quiere ser libre lo será.
Este es el que enseñó a los reyes que su poder es demasiado débil cuando gobiernan contra la voluntad de los pueblos.

Éste es el que enseñó también a los pueblos que un acto de resolución es bastante para hacer temblar al despotismo, a pesar de su fausto y de su poder; y éste es, por último, el que nos trazó la senda que debemos seguir para no consentir jamás tiranos en nuestra patria.

Catón, por no sufrir el yugo de César opresor, elige la muerte y termina sus días a los filos de su propia espada.
Bruto aborrece la tiranía de Tarquino, pero le es necesaria la violación de Lucrecia para pronunciar su total exterminio.

Guillermo Tell sacude el yugo austriaco hasta que la crueldad de Gesler extirpa los ojos de un viejo desvalido.
Pero Hidalgo no sacrifica inútilmente su existencia como Catón, ni necesita de los hechos sangrientos y nefarios que estimularon el patriotismo de Bruto ni de Tell.

Su alma es de temple más delicado, su amor patrio es más acendrado, y la sola consideración de que es esclava su Patria lo determina a romper sus cadenas.
Sin más soldados que unos cuantos indígenas, sin más armas que hondas, hoces y palos, da en el pueblo de Dolores el grito siempre glorioso de ¡Independencia o muerte!

¡Oh suceso mil veces venturoso!
¡Oh sol de 16 de septiembre de 1810!

Tú, que en 60 lustros habías alumbrado nuestra ignominiosa servidumbre, esclareces ya nuestra dignidad, y tus lucientes rayos surcan ya la frente de un republicano que ha jurado vengar nuestra afrenta.

Su voz, lo mismo que el rayo eléctrico, hiere momentáneamente a los mexicanos, y éstos, como el náufrago que divisa el puerto de salvamento, como el viajero que en las abrasadas arenas del desierto percibe el agua que ha de apagar la sed que lo devora, vuelven a alistarse en las banderas del nuevo caudillo.

Éste los guía al combate, desafía todos los peligros.
En distintas batallas triunfa de sus diestros enemigos, y si bien es verdad que la fortuna lo abandona, no por eso desmaya.

Convencido de la justicia de su causa, recibe la muerte con la serenidad de los héroes, dejando ya comenzada la obra de nuestra regeneración política, obra que selló con su sangre y que por sí sola inmortalizará su nombre sin el auxilio del mármol ni del bronce.

Voló a la inmortalidad dejando a sus contemporáneos y a su posteridad el cuidado de perfeccionar aquélla.

Pero ¡oh desgracia! sus votos no han tenido cabal cumplimiento.

Su patria, destrozada por la funesta guerra civil, presenta todavía el aspecto de un campo de batalla.

El edificio está levantado, es verdad, pero no se ha podido consolidar.

Es necesario que los operarios imiten la actividad del primero y que no hagan uso de materiales del antiguo edificio.

Más claro: para que la obra de la independencia que nos dejó encomendada el héroe de Dolores reciba su más perfecta consolidación, necesitamos de dos cosas: primera, imitar la resolución noble de Hidalgo para trabajar en bien de la Patria; y, segunda, desechar de nuestro sistema político las máximas antisociales con que España nos gobernó y educó por tantos años.

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